viernes, 8 de abril de 2011

Historia del libro digital

En 1971 comenzó a desarrollarse lo que hoy denominamos libro digital. Michael Hart fue el impulsor del Proyecto Gutenberg, una biblioteca gratis de las obras clásicas en computadora. En 1981 se produce un importante avance con la salida a la venta del primer libro electrónico: Random House´s Electronic Dictionary. En 1986, los editores Franklin Electronic agregan un diccionario electrónico en un dispositivo del handheld, produciendo el primer libro digital portátil. Los Discman de datos Sony permiten visualizar libros en CD-ROM en una pantalla de 8 cm. Y en el año 2000 la disponibilidad de los programas Microsoft Reader, Glassbook y equipos portátiles para leer libros digitales potencian una nueva era de la lectura en pantalla.

Hasta el año 2006 se ha vivido, podríamos decir, la primera fase del libro digital. Multitud de dispositivos nacieron, se lanzaron, se intentaron vender, fracasaron y desaparecieron, todo en el corto plazo de cinco o seis años. Las leyes elementales de la promoción dicen que cualquiera sea la cosa que se lance e intente vender, debe hacerse pasar por insustituible e imprescindible y, si cabe, debe suplantar su identidad para hacerse pasar por lo que no es.[1]

En la historia del libro digital hubo demasiada promoción y poca reflexión sobre las necesidades estructurales verdaderas de los posibles receptores. La inercia de la tecnología y sus descubrimientos ignoró esa regla básica que dice que no ha habido invento en la historia que se haya asumido plenamente sin que haya habido necesidad de hacerlo. Las guerras de las incompatibilidades y las tecnologías propietarias llevaron a un callejón sin salida a la mayoría de los dispositivos, que además, sólo servían para un propósito, el de leer textos en el formato propietario del mismo fabricante que había construido el dispositivo. La oferta de títulos que podían descargarse de la red -en sitios, la mayor parte de las veces, propiedad de los mismos fabricantes- era escasa y poco atractiva. Esto llevó a la desaparición de proyectos como: Rocket e-book, Softbook, Librius, Everybood, Glassbook, Gemstar o Cytale.

Por otro lado, existen todavía muy pocos textos digitalizados o disponibles en línea. Muy poca gente, dispone de los conocimientos o del equipo informático necesario para realizar las operaciones necesarias. El seguimiento de los enlaces hipertextuales puede llevar a una lectura caótica y ésta, desorientar más que enriquecer. No se sabe aún cómo se preservarán los textos, cómo han de clasificarse y protegerse.

En buena medida, estos cambios no eliminan el soporte papel. Muchos de los métodos en línea obligan a imprimir el texto digital. El trabajo se traslada de la editorial al consumidor. El soporte digital se puede estropear fácilmente, es rígido y la relación que mantiene con el lector, de momento, algo exótica. Su aspecto electrónico puede extrañar, en un primer momento, a la percepción.

Como la mayoría de las guerras en torno a los soportes y los formatos, se empieza creyendo en la autosuficiencia, y se acaba asumiendo la necesidad de comunicación y compatibilidad. En buena medida, parte del fracaso de los primeros libros electrónicos se debió a su empecinada lucha por la imposición de formatos propietarios en un mundo en el que el XML se concebía para todo lo contrario, para permitir el intercambio de información y datos en la web, y entre aplicaciones diversas. De hecho, las últimas especificaciones técnicas elaboradas y difundidas por el Open e-Book Publication Structure Container Format (OCF), está basado en gran medida en la utilización de metadatos construidos en XML. Esto sitúa la competencia entre los dispositivos en otro terreno: si ya no se trata de imponer un formato propietario e incompatible, se basará, en todo caso, en las prestaciones, servicios, legibilidad y portabilidad mejoradas. Todos ganamos con eso, y los fabricantes  investigaran sobre la experiencia lectora, como hace el HP Digital Media Viewer, llegando a la sorprendente  conclusión de que el dispositivo electrónico debe reproducir exactamente la experiencia lectora que tenemos al leer un libro en papel -incluso al pasar las páginas-, o sobre la polivalencia y versatilidad del soporte, como hace el Sony Reader convertido en un reproductor multimedia al que sólo le falta la conexión inalámbrica (olvido paradójico en un objeto que aspira a mejorar la autonomía y la portabilidad).

La tendencia parece claramente apuntar hacia soportes que integren todas las capacidades de reproducción de distintos formatos conocidas -texto, imagen estática, video, música-, que permita la comunicación y la conexión inalámbricas, que se convierta en almacén de nuestra memoria -agendas, PDAs, etc.-, que sean portables, legibles y maximicen su autonomía. Eso es lo que están haciendo ya fabricantes como Polymervision y Toshiba, entre otros.

Los libros digitales pueden generar una experiencia lectora más rica, al integrar sonidos, imágenes y enlaces hipertextuales que rompen con la experiencia de la racionalización y lectura lineales. Nos proporciona mecanismos de búsqueda, de marcado, de vuelta atrás, de forma que la localización de los nombres, términos o conceptos es mucho más sencilla. Son soportes que pueden almacenar gran cantidad de información, de distinta naturaleza y formato; proporcionan canales de comunicación simultáneos, de forma que el soporte es, además, una pasarela de comunicación que puede gestionar la descarga y adquisición de sus propios contenidos.


Es probable que un futuro no muy lejano dejemos de ir todas las mañanas al kiosco para comprar el periódico o renunciemos a recibir el ejemplar gratuito que postran en nuestras manos en el acceso a un transporte público. ¿Nos resultaría muy difícil o insoportable imaginar que una vez que nos levantemos de la cama y nos preparemos un café dispongamos de una hoja de papel electrónico cuya tinta digital pueda configurarse y reconfigurarse tantas veces como sea necesario para componer la página de un periódico o, en realidad, de cualquier otra clase de contenido escrito o animado que quisiéramos consultar? ¿Sería tan costoso imaginar ese mismo acto podríamos realizarlo en cualquier otro sitio siempre y cuando el fabricante hubiera tenido la precaución de instalar una conexión inalámbrica en el dispositivo, que de esa manera la prensa sería ubicua y la información omnipresente?

La tinta digital -un invento de Joe Jacobson- promete, potencialmente, en su asociación con un nuevo soporte, el papel digital, realizar este milagro: que el papel no sea ya el contenedor o el soporte de una sola escritura registrada de una vez para siempre en la página y que la tinta no sea ya una estampación imborrable, indeleble. ¿Que eso atenta contra la concepción de los periódicos, revistas y libros tal como lo hemos conocido hasta ahora? En gran medida, sí, claro, no nos engañaremos. ¿Es eso intrínsecamente malo? No, por supuesto, al contrario, se abre un mundo de posibilidades, entre las que no será la menor la de la posible integración de elementos multimedia y grabaciones audiovisuales sobre el papel digital, tal como promete por ejemplo Philips (Video on e-paper).

Estamos hablando de libros digitales más allá de los libros digitales, de que es posible que una de las razones por las cuales el libro digital como tal no haya cuajado sea la de que la tecnología que lo sucederá ya está aquí, superándolo, culminando sus propias promesas.


--
[1] RODRÍGUEZ, Joaquín. Edición 2.0, los futuros del libro. Barcelona: Melusina, 2007. pp. 138-143

No hay comentarios:

Publicar un comentario